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Lecturas imprescindibles
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June 28 Farrah Fawcett & Michael JacksonReconozco que en algún momento de mi vida sentí admiración por estos dos personajes y sus muertes me han invitado a la reflexión Farrah Fawcett, una estrella de los 70 a la que muchas mujeres admiraban, todo un icono de belleza femenina de la época, aparentemente una mujer de éxito. Ha muerto de cáncer, he investigado su vida, así por encima, puesto que tenía sospechas de lo que ahora cuento.El dato que mas me ha llamado la atención es que Ryan O´Neal se iba a casar con ella. Este tipo ha tenido infinidad de episodios violentos, ha disparado a su hijo, el cual tiene problemas y ella se había separado de el, precisamente por malos tratos. Este tipo es entonces un maltratador. Los maltratadores cuando la mujer se encuentra en una situación de vulnerabilidad no precisamente se va a comportar de forma considerada, dicen los expertos (Libro: La violencia contra las mujeres, pag 63 ) Desde que leí el libro de Alice Miller “El cuerpo nunca miente”, junto con mis obsevaciones personales del mundo que me rodea, cada vez creo mas la teoría de que muchas mujeres maltratadas tienen muchas posibilidades de desarrollar un cáncer, claro que estas nunca van a contar en la lista de muertes por violencia de género. Respecto a Michael Jackson bueno, pues su padre no ha sido nunca un padre amoroso, sino todo lo contrario padre violento, Latoya cuando escribió sus memorias le acusó de abusos sexuales y también de ser violento. Si los abusos sexuales fuesen ciertos explicaría algunas cosas, cito textualmente: “ Está comprobado que factores que favorecen la pedofilia violenta en los adultos son el haber sido violados o tratados con crueldad en la infancia, la pertenencia a ambientes familiares disgregados, o/y el haber asistido como espectador incapaz o imposibilitado de reacción a acciones violentas contra familiares o allegados. Otros factores de riesgo más indeterminados y con mayor variedad cuantitativa y cualitativa en la configuración de personalidades pedófilas son el temperamento, la edad, la calidad de lazos afectivos en la infancia, o la capacidad de reacción y distanciamiento frente a experiencias angustiantes. De hecho está comprobado que personas que han sufrido situaciones como las descritas, gracias al grado de madurez asumido en cada etapa vital, la ayuda de alguna persona de confianza que le ha dado fuerza y posibilidad de reacción personal, no caen en la pedofilia. Ante este listado hay que recordar, como siempre, que la existencia de alguno o varios de esos factores de riesgo en un individuo no es sinónimo irremediable de padecer la alteración.”FRANCESC XAVIER MORENO OLIVER, Doctor en Psicología, Profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona (España) Invito ahora a reflexionar sobre lo efectos de la violencia que se infringe a los niños y a las mujeres porque en estos dos personajes famosos veo un ejemplo bastante claro. A Farrah como niña y mujer maltratada, a Michael como niño maltratado, viendo sus vidas y sus finales que dicen mucho, gente que se supone en una buena situación económica, profesional, que a lo largo de su vida se nota que no han estado felices, que se han visto envueltos en problemas diversos, que han estado cambiando su aspecto exterior etc.. Que los primeros años de la vida de una persona son los más importantes y una educación basada en el autoritarismo y la violencia causa graves daños. Cualquier golpe que recibimos en nuestros primeros años de vida nos afecta. En esos años termina de construirse la estructura del cerebro humano. Por eso es tan importante que en esa etapa los niños reciban amor y protección, y ningún tipo de crueldad, de menosprecio o de burlas. Que en estos
primeros años los responsables directos de los niños son los padres.¿Por qué,
quién llevaba a Neverland a los niños o quién autorizaba que allí fuesen? Tendrían
que sancionar a esos padres también, no solo a quién comete el abuso puesto que
no sería el primer caso de unos padres que por dinero, dejan que se profanen
los niños. Que a la
mierda el cuarto mandamiento “honrarás a tu padre y a tu madre” a los cuales ha
de honrárseles aun cuando hayamos recibido de ellos maltratos y abusos, incluso
crueldades. Es un camino equivocado. La verdad es la que nos hace libres. Y
sólo la verdad es la que puede hacer libres a quienes nos maltrataron.
Reconocer la verdad de la infancia nos hará capaces de entender qué es
realmente “honrar”.( Alice Miller
“La
Madurez de Eva”) Que el dolor que en la niñez reprimimos y los recuerdos dolorosos no se borran, se quedan en la memoria, nos hacen repetir patrones cometiendo los mismos errores que nuestros padres y pueden causar muchas enfermedades para las cuales no tenemos explicaciones ni encontramos cura.
June 15 Aprendizaje en libertadTras la apertura de Summerhill por A.S. Neil en 1921, numerosos proyectos con principios similares han ido floreciendo por todo el mundo. Estos principios son el respeto total a la libertad de los niños (no obligándoles o coaccionándoles nunca a la asistencia a clases o actividades de ningún tipo), el respeto a su ritmo y curiosidad innatas (eliminando la enseñanza programada y la separación por edades), y por encima de todo la creencia en que la libertad funciona y que, como decía Neil "ser feliz es lo que importa más", y no una felicidad hipotecada hasta la jubilación, sino la felicidad presente. Estas escuelas libres, en los casos en los que se han superado las trabas logísticas (económicas, masa crítica humana, conflictos personales, etc...) y el proyecto ha podido salir adelante aplicando al 100% los principios mencionados, han demostrado siempre la validez y asombrosa efectividad de los mismos, tanto con respecto a la convivencia y la socialización de los niños como a su aprendizaje y capacidad de adaptación en la sociedad. Como pequeño ejemplo de esto, adjuntamos a continuación una experiencia narrada por Daniel Greenberg, profesor de la Escuela de Educación Democrática en Sudbury Valley School. Los niños que tienen la fortuna de crecer allí pueden, si así lo desean, pasar el año entero jugando o haciendo cualquier otra cosa sin preocuparse por nada más. La experiencia que Greenberg nos relata, acontecida durante uno de los primeros años de existencia de la escuela, tira por tierra (una vez más) toda defensa teórica del concepto de enseñanza programada: Había
una docena de chicos y chicas, entre nueve y doce años, sentados ante
mí. Una semana antes, me habían pedido que les enseñara aritmética.
Querían aprender a sumar, restar, multiplicar, dividir, y todo lo demás. "En realidad, no queréis aprenderlo" dije, cuando se me acercaron por primera vez. "Sí, queremos, estamos seguros" fue su respuesta. "No,
no queréis" persistí. "Vuestros amigos del barrio, vuestros padres,
vuestros familiares probablemente quieren, pero vosotros estaríais
mucho mejor jugando o haciendo cualquier otra cosa". "Sabemos
lo que queremos; y queremos aprender aritmética. Enséñanos y te lo
demostraremos. Haremos todos los deberes y trabajaremos tanto como
seamos capaces." Tuve que ceder, no sin
escepticismo. Sabía que la aritmética llevaba seis años en la escuela
convencional y estaba seguro de que su interés decaería después de unos
pocos meses. Pero no tenía elección. Presionaban fuerte y me
acorralaron. Me cogieron por sorpresa. (...) Encontré
un libro en nuestra biblioteca. Perfectamente adecuado para el asunto
que tenía entre manos. Era un texto de matemática elemental escrito e
n1898. Pequeño y grueso. Estaba repleto con miles de ejercicios,
pensado para entrenar las mentes jóvenes a ejecutar las destrezas
básicas de forma adecuada y rápida. Las
clases comenzaron -a la hora en punto. Era parte del trato. "¿Decís que
va en serio?," pregunté, desafiándoles; "entonces espero veros en la
clase a la hora -11:00 en punto de la mañana, todos los martes y
jueves. Si llegáis cinco minutos tarde, no hay clase. Si faltáis dos
clases, no hay más enseñanza. " "Es un trato" habían dicho con un
destello de placer en sus ojos. La
suma básica nos llevó dos clases. Aprendieron a sumar de todo -largas y
estrechas columnas, columnas cortas y gruesas. Hicieron docenas de
ejercicios. La resta nos llevó otras dos clases. Podría habernos
llevado sólo una, pero el "llevarse" necesitaba una explicación extra. Luego,
la multiplicación; y las tablas. Se le preguntaron a cada persona una y
otra vez en clase. Después, vinieron las reglas. Después, la práctica. Estaban
eufóricos, todos ellos. Navegando solos, dominando todas las técnicas y
algoritmos, pudieron sentir cómo la materia penetraba hasta la médula
de sus huesos. Cientos y cientos de ejercicios, de preguntas en clase,
de exámenes orales, hasta que aprendieron la materia. Y todavía seguían viniendo, todos. Se ayudaban mutuamente cuando tenían que hacerlo, para que las clases avanzaran. Los de nueve y los de doce, los leones y los corderos, sentados pacíficamente juntos en armoniosa cooperación, sin bromas, ni vergüenza. División; divisiones largas. Fracciones. Decimales. Porcentajes. Raíces cuadradas. Venían
a las 11:00 en punto, permanecían una media hora y se llevaban trabajo
a casa. Y volvían al día siguiente con todo el trabajo hecho. Todos
ellos. En veinte semanas, después de veinte horas de contacto, habían cubierto toda la materia. El equivalente a seis años. Todos y cada uno de ellos dominaban la árida materia. Celebramos
el final de las clases con una calurosa fiesta. No era la primera vez
-y no sería la última- que me sorprendía del éxito de nuestras
apreciadas teorías. Habían funcionado sin ningún género de duda. Quizá
debía haber estado preparado para lo que sucedió, para lo que me
parecía un milagro. Una semana después de que todo hubiera terminado,
hablé con Alan White, que había sido un especialista en matemáticas
elementales durante años en la escuela pública y conocía los últimos y
mejores métodos pedagógicos. Le conté la historia de mi clase. No le sorprendió. "¿Por
qué no? pregunté, sorprendido de su respuesta. Yo estaba todavía
tambaleándome por el ritmo y la profundidad con la que mi "pandilla"
había aprendido. "Porque todo el mundo sabe"
respondió "que esa materia en sí misma no es difícil. Lo que es
difícil, prácticamente imposible, es meterlo en las cabezas de los
jóvenes que lo odian hasta en sus más pequeños detalles. La
única forma en que podemos tener una sombra de oportunidad es
machacarlo poco a poco todos los días durante años. E incluso así, no
funciona. La mayoría de los que finalizan la primaria son analfabetos matemáticos. Dame un crío que quiera aprender la materia; bueno, veinte horas o así tiene sentido." Creo que lo tiene. Nunca nos llevó más de ese tiempo en ocasiones posteriores. Texto: Daniel Greenberg (extraído del libro "Por fin, libres. Educación democrática en Sudbury Valley School") May 25 Tu hijo... es una buena persona
Autor: Dr. Carlos González, pediatra April 06 Prejuicios asesinos
El País Semanal - domingo, 20 de noviembre de 2005 Prejuicios asesinos Rosa Montero Los prejuicios son esos parásitos del pensamiento que nos empequeñecen y envilecen. Son un producto de la sinrazón y la incultura, pero también de la miseria moral. Porque los prejuicios más indestructibles son aquellos que proporcionan alguna ventaja, algún beneficio al prejuicioso. Por ejemplo, pensar que los negros son seres inferiores ha permitido a los blancos sentirse superiores a ellos y explotarles durante siglos. De manera que el prejuicio es ciego, en efecto, pero también egoísta, depredador y a menudo homicida. Y somos tan responsables de nuestras reflexiones conscientes como de esas zonas oscuras de pereza mental. Uno de los casos más espectaculares y conmovedores de prejuicio que conozco es la terrible historia de Ignaz Semmelweis (1818-1865), un ginecólogo húngaro maravilloso. A los veintiocho años, Ignaz fue nombrado ayudante de la primera clínica ginecológica de Viena. En aquel entonces se había puesto de moda que las mujeres parieran en los hospitales. Al mismo tiempo, coincidencia curiosa, se había desatado en todo el mundo una atroz epidemia que acababa con la vida de miles de parturientas: la fiebre puerperal, una infección generalizada que se declaraba tras el parto y que mataba a la mujer en pocas semanas entre terribles sufrimientos. Nadie sabía la causa de la fiebre, y ningún médico parecía tener en cuenta que atacaba sobre todo a quienes parían en los hospitales. Las cifras eran espantosas: por ejemplo, de los dos pabellones de parto que había en el hospital de Viena, el dirigido por el doctor Klein, que era donde trabajaba Ignaz, registró una media de un 33% de muertes en 1842. Y hubo momentos peores: en los primeros meses de 1846 se alcanzó un 96% de fallecimientos. Semmelweis, horrorizado ante la matanza, empezó a pensar, a analizar. El pabellón de Klein duplicaba las bajas del otro pabellón e Ignaz descubrió que la única diferencia era que en el primero hacían prácticas los estudiantes que venían directamente de realizar autopsias, y que metían sus manos en los vientres de las mujeres sin haberse lavado previamente. Semmelweis ordenó que estudiantes y médicos se limpiaran las manos con agua clorada antes de tocar a las parturientas, y la mortalidad descendió al 0,23%. El entusiasmado Ignaz incluso intentó obligar a lavarse a su propio jefe, y Klein, enfurecido, echó del hospital al joven médico. Sin trabajo, Ignaz continuó sus investigaciones. Un amigo suyo se cortó con el escalpelo durante una autopsia, y murió con los mismos síntomas de la fiebre puerperal, esto es, con los síntomas de la septicemia. Esto convenció aún más a Semmelweis de que la fiebre era causada por las manos contaminadas de los médicos y el hombre se lanzó a una afanosa campaña, intentando convencer a sus colegas de la sencilla obviedad de su descubrimiento. Su irrebatible verdad, sin embargo, chocó frontalmente contra el cómodo y egocéntrico prejuicio de los ginecólogos: ¿cómo iban a ser ellos, los santones de la ciencia y la salud, los grandes varones sabelotodo, los causantes de la enorme mortandad? Las sociedades médicas de Amsterdam, Berlín, Londres y Edimburgo condenaron sus aberrantes teorías. Ignaz fue expulsado del colegio médico y en 1849 las autoridades le ordenaron abandonar Viena. A partir de entonces fue un paria, un apestado. Atacado por todos y desesperado por la certidumbre de lo que sabía, por esa verdad indiscutible y tan sencilla que hubiera podido ahorrar cientos de miles de vidas, fue perdiendo los nervios poco a poco. En 1856, acorralado y horrorizado, publicó una carta abierta a todos los profesores de obstetricia: "¡Asesinos!...". Tenía razón: sus colegas se comportaban como verdaderos criminales. Semmelweis tenía la razón, sí, pero no el poder, y los poderosos de su tiempo decretaron que estaba loco y le encerraron en un psiquiátrico. En 1865, durante una salida del manicomio, Ignaz hundió un escalpelo en un cadáver putrefacto y luego se hirió a sí mismo. Tres semanas después moría con los síntomas de las parturientas. Fue un último y desesperado intento para convencer a los ginecólogos, pero su sacrificio no sirvió de nada: tuvieron que pasar cincuenta años hasta que la clase médica aceptara sus elementales conceptos de higiene. Y, mientras tanto, las embarazadas siguieron acudiendo como corderos a parir, y a morir, a los hospitales de todo el mundo. A fin de cuentas no eran más que unas pobres mujeres, y sus vidas eran una menudencia en comparación con la dignidad de los grandes doctores. Digo yo si también será por eso, por restos de los viejos prejuicios, por lo que hoy apenas se habla de Semmelweis. No me digan que no resulta extraño que hoy nadie recuerde a ese gran hombre, mártir de la razón, de la compasión y de la verdad.
March 20 La Cenicienta que no quería comer perdicesTexto de Nuria López Salamero e ilustración de Myriam Camero Sierra. |
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