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Plataforma por la Extinción de la Especie

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Marifé Jackson .

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ALAS MiaoMwrote:
Brindo por la extinción de la Especie, porque no hemos sido capaces de valorar el Gran Regalo que nos trae la Vida en este Planeta y somos el principal motivo de su destrucción...Extinción cuanto antes...somos el cancer del Planeta.
 
Salu2 desde Madrid
 
MIAOM
Feb. 14
Caroluswrote:

Muy buen blog, le felicito. Tal vez te interese Estrategia y mente, libro virtual:

http://www.personal.able.es/cm.perez/estrategiaymenteres.pdf

 

Contiene temas tan interesantes como: El Arte de la Guerra (Sun Tzu y Sun Bin), Musashi, Mao Tse Tung, Gengis Khan, Samuráis, Ninjas, Atila, Guerra sin Reglas, El Príncipe y Del Arte de la Guerra (Maquiavelo), Clausewitz, Napoleón, Baltasar Gracián, Los Combatientes Bárbaros, Fouché, Grafología, PNL, Lavado de Cerebro, Lenguaje del Cuerpo, Poder Mental, Liderazgo, Persuasión, Negociación, Cómo ganar amigos e influir en las personas, Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, La Vía del Genio, Napoleón Hill, Negociar sin ceder, La estupidez humana, Ocho formas de ser listo, Trucos de seducción y sexo y mucho mas...

 

Mas sobre estos temas en

http://www.personal.able.es/cm.perez/ 

  Un saludo

Sept. 26
June 28

Farrah Fawcett & Michael Jackson



Reconozco que en algún momento de mi vida sentí admiración por estos dos personajes y sus muertes me han invitado a la reflexión

Farrah Fawcett, una estrella de los 70 a la que muchas mujeres admiraban, todo un icono de belleza femenina de la época, aparentemente una mujer de éxito. Ha muerto de cáncer, he investigado su vida, así por encima, puesto que tenía sospechas de lo que ahora cuento.El dato que mas me ha llamado la atención es que Ryan O´Neal se iba a casar con ella. Este tipo ha tenido infinidad de episodios violentos, ha disparado a su hijo, el cual tiene problemas y ella se había separado de el, precisamente por malos tratos. Este tipo es entonces un maltratador. Los maltratadores cuando la mujer se encuentra en una situación de vulnerabilidad no precisamente se va  a comportar de forma considerada, dicen los expertos (Libro: La violencia contra las mujeres, pag 63 ) Desde que leí el libro de Alice Miller  El cuerpo nunca miente”, junto con mis obsevaciones personales del mundo que me rodea, cada vez creo mas la teoría de que muchas mujeres maltratadas tienen muchas posibilidades de desarrollar un cáncer, claro que estas nunca van a contar en la lista de muertes por violencia de género.

Respecto a Michael Jackson bueno, pues su padre no ha sido nunca un padre amoroso, sino todo lo contrario padre violento, Latoya cuando escribió sus memorias le acusó de abusos sexuales y también de ser violento. Si los abusos sexuales fuesen ciertos explicaría algunas cosas, cito textualmente: “ Está comprobado que factores que favorecen la pedofilia violenta en los adultos son el haber sido violados o tratados con crueldad en la infancia, la pertenencia a ambientes familiares disgregados, o/y el haber asistido como espectador incapaz o imposibilitado de reacción a acciones violentas contra familiares o allegados. Otros factores de riesgo más indeterminados y con mayor variedad cuantitativa y cualitativa en la configuración de personalidades pedófilas son el temperamento, la edad, la calidad de lazos afectivos en la infancia, o la capacidad de reacción y distanciamiento frente a experiencias angustiantes. De hecho está comprobado que personas que han sufrido situaciones como las descritas, gracias al grado de madurez asumido en cada etapa vital, la ayuda de alguna persona de confianza que le ha dado fuerza y posibilidad de reacción personal, no caen en la pedofilia. Ante este listado hay que recordar, como siempre, que la existencia de alguno o varios de esos factores de riesgo en un individuo no es sinónimo irremediable de padecer la alteración.”FRANCESC XAVIER MORENO OLIVER,  Doctor en Psicología, Profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona (España)

Invito ahora a reflexionar sobre lo efectos de la violencia que se infringe a los niños y a las mujeres porque en estos dos personajes famosos veo un ejemplo bastante claro. A Farrah como niña y mujer maltratada, a Michael como niño maltratado, viendo sus vidas y sus finales que dicen mucho, gente que se supone en una buena situación económica, profesional, que a lo largo de su vida se nota que no han estado felices, que se han visto envueltos en problemas diversos, que han estado cambiando su aspecto exterior etc..

Que los primeros años de la vida de una persona son los más importantes y una educación basada en el autoritarismo y la violencia causa graves daños. Cualquier golpe que recibimos en nuestros primeros años de vida nos afecta. En esos años termina de construirse la estructura del cerebro humano. Por eso es tan importante que en esa etapa los niños reciban amor y protección, y ningún tipo de crueldad, de menosprecio o de burlas.

Que en estos primeros años los responsables directos de los niños son los padres.¿Por qué, quién llevaba a Neverland a los niños o quién autorizaba que allí fuesen? Tendrían que sancionar a esos padres también, no solo a quién comete el abuso puesto que no sería el primer caso de unos padres que por dinero, dejan que se profanen los niños.

Que a la mierda el cuarto mandamiento “honrarás a tu padre y a tu madre” a los cuales ha de honrárseles aun cuando hayamos recibido de ellos maltratos y abusos, incluso crueldades. Es un camino equivocado. La verdad es la que nos hace libres. Y sólo la verdad es la que puede hacer libres a quienes nos maltrataron. Reconocer la verdad de la infancia nos hará capaces de entender qué es realmente “honrar”.( Alice Miller “La Madurez de Eva”)

Que el dolor que en la niñez reprimimos y los recuerdos dolorosos no se borran, se quedan en la memoria, nos hacen repetir patrones cometiendo los mismos errores que nuestros padres y pueden causar muchas enfermedades para las cuales no tenemos explicaciones ni encontramos cura.

 



June 15

Aprendizaje en libertad


Tras la apertura de Summerhill por A.S. Neil en 1921, numerosos proyectos con principios similares han ido floreciendo por todo el mundo. Estos principios son el respeto total a la libertad de los niños (no obligándoles o coaccionándoles nunca a la asistencia a clases o actividades de ningún tipo), el respeto a su ritmo y curiosidad innatas (eliminando la enseñanza programada y la separación por edades), y por encima de todo la creencia en que la libertad funciona y que, como decía Neil "ser feliz es lo que importa más", y no una felicidad hipotecada hasta la jubilación, sino la felicidad presente. Estas escuelas libres, en los casos en los que se han superado las trabas logísticas (económicas, masa crítica humana, conflictos personales, etc...) y el proyecto ha podido salir adelante aplicando al 100% los principios mencionados, han demostrado siempre la validez y asombrosa efectividad de los mismos, tanto con respecto a la convivencia y la socialización de los niños como a su aprendizaje y capacidad de adaptación en la sociedad. Como pequeño ejemplo de esto, adjuntamos a continuación una experiencia narrada por Daniel Greenberg, profesor de la Escuela de Educación Democrática en Sudbury Valley School. Los niños que tienen la fortuna de crecer allí pueden, si así lo desean, pasar el año entero jugando o haciendo cualquier otra cosa sin preocuparse por nada más. La experiencia que Greenberg nos relata, acontecida durante uno de los primeros años de existencia de la escuela, tira por tierra (una vez más) toda defensa teórica del concepto de enseñanza programada:


Había una docena de chicos y chicas, entre nueve y doce años, sentados ante mí. Una semana antes, me habían pedido que les enseñara aritmética. Querían aprender a sumar, restar, multiplicar, dividir, y todo lo demás.

"En realidad, no queréis aprenderlo" dije, cuando se me acercaron por primera vez.

"Sí, queremos, estamos seguros" fue su respuesta.

"No, no queréis" persistí. "Vuestros amigos del barrio, vuestros padres, vuestros familiares probablemente quieren, pero vosotros estaríais mucho mejor jugando o haciendo cualquier otra cosa".

"Sabemos lo que queremos; y queremos aprender aritmética. Enséñanos y te lo demostraremos. Haremos todos los deberes y trabajaremos tanto como seamos capaces."

Tuve que ceder, no sin escepticismo. Sabía que la aritmética llevaba seis años en la escuela convencional y estaba seguro de que su interés decaería después de unos pocos meses. Pero no tenía elección. Presionaban fuerte y me acorralaron. Me cogieron por sorpresa. (...)


Encontré un libro en nuestra biblioteca. Perfectamente adecuado para el asunto que tenía entre manos. Era un texto de matemática elemental escrito e n1898. Pequeño y grueso. Estaba repleto con miles de ejercicios, pensado para entrenar las mentes jóvenes a ejecutar las destrezas básicas de forma adecuada y rápida.

Las clases comenzaron -a la hora en punto. Era parte del trato. "¿Decís que va en serio?," pregunté, desafiándoles; "entonces espero veros en la clase a la hora -11:00 en punto de la mañana, todos los martes y jueves. Si llegáis cinco minutos tarde, no hay clase. Si faltáis dos clases, no hay más enseñanza. " "Es un trato" habían dicho con un destello de placer en sus ojos.

La suma básica nos llevó dos clases. Aprendieron a sumar de todo -largas y estrechas columnas, columnas cortas y gruesas. Hicieron docenas de ejercicios. La resta nos llevó otras dos clases. Podría habernos llevado sólo una, pero el "llevarse" necesitaba una explicación extra.

Luego, la multiplicación; y las tablas. Se le preguntaron a cada persona una y otra vez en clase. Después, vinieron las reglas. Después, la práctica. Estaban eufóricos, todos ellos. Navegando solos, dominando todas las técnicas y algoritmos, pudieron sentir cómo la materia penetraba hasta la médula de sus huesos. Cientos y cientos de ejercicios, de preguntas en clase, de exámenes orales, hasta que aprendieron la materia.

Y todavía seguían viniendo, todos. Se ayudaban mutuamente cuando tenían que hacerlo, para que las clases avanzaran. Los de nueve y los de doce, los leones y los corderos, sentados pacíficamente juntos en armoniosa cooperación, sin bromas, ni vergüenza.

División; divisiones largas. Fracciones. Decimales. Porcentajes. Raíces cuadradas. Venían a las 11:00 en punto, permanecían una media hora y se llevaban trabajo a casa. Y volvían al día siguiente con todo el trabajo hecho. Todos ellos. En veinte semanas, después de veinte horas de contacto, habían cubierto toda la materia. El equivalente a seis años. Todos y cada uno de ellos dominaban la árida materia.


Celebramos el final de las clases con una calurosa fiesta. No era la primera vez -y no sería la última- que me sorprendía del éxito de nuestras apreciadas teorías. Habían funcionado sin ningún género de duda.

Quizá debía haber estado preparado para lo que sucedió, para lo que me parecía un milagro. Una semana después de que todo hubiera terminado, hablé con Alan White, que había sido un especialista en matemáticas elementales durante años en la escuela pública y conocía los últimos y mejores métodos pedagógicos.

Le conté la historia de mi clase.
No le sorprendió.

"¿Por qué no? pregunté, sorprendido de su respuesta. Yo estaba todavía tambaleándome por el ritmo y la profundidad con la que mi "pandilla" había aprendido.

"Porque todo el mundo sabe" respondió "que esa materia en sí misma no es difícil. Lo que es difícil, prácticamente imposible, es meterlo en las cabezas de los jóvenes que lo odian hasta en sus más pequeños detalles. La única forma en que podemos tener una sombra de oportunidad es machacarlo poco a poco todos los días durante años. E incluso así, no funciona. La mayoría de los que finalizan la primaria son analfabetos matemáticos. Dame un crío que quiera aprender la materia; bueno, veinte horas o así tiene sentido."

Creo que lo tiene. Nunca nos llevó más de ese tiempo en ocasiones posteriores.

Texto: Daniel Greenberg
(extraído del libro "Por fin, libres. Educación democrática en Sudbury Valley School")

June 08

Los niños hacen lo que ven

 
May 25

Tu hijo... es una buena persona

por Dr. Carlos González

Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable... En cambio, si una madre exclama "mi hijo es muy bueno", casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que "no hace más que comer y dormir" (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: "¡Qué monos son... cuando duermen!"



Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las o­ndas de la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.
Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes.

Tu hijo es generoso
Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!
Tal vez la mamá de Marta piense que su hija "no sabe compartir". Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.
 

Tu hijo es desinteresado
Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada... pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?
La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?
El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.
Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice "mamá". Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?

Tu hijo es valiente
Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!" Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.
Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. "Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar" es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.
Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.

Tu hijo sabe perdonar
Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos...
Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. "¿Será posible?" "Mírala, no le pasa nada, era todo cuento".
No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? ("Mamá se ha estado portando mal..."). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.

Tu hijo sabe ceder
Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro.
Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.
Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Tontanchante", "la tontería que se engancha y es un poco repugnante", y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?" "¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero...!" Ya tenemos crisis.
Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.
Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.

Tu hijo es sincero
¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esa señora es calva?" o ¿Por qué ese señor es negro?" Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestra retórica pregunta "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?"
Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.

Tu hijo es buen hermano
Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: "Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para tí solito. Pero te seguiré queriendo igual". ¿No le parece que estaría "un poquito" celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.  

Tu hijo no tiene prejuicios
Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir "vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles"? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.  

Tu hijo es comprensivo
Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.
Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años ("De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis...") La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.

La semilla del bien
Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.
Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.


    Autor: Dr. Carlos González, pediatra



April 06

Prejuicios asesinos

 

El País Semanal - domingo, 20 de noviembre de 2005

Prejuicios asesinos

Rosa Montero

Los prejuicios son esos parásitos del pensamiento que nos empequeñecen y envilecen. Son un producto de la sinrazón y la incultura, pero también de la miseria moral. Porque los prejuicios más indestructibles son aquellos que proporcionan alguna ventaja, algún beneficio al prejuicioso. Por ejemplo, pensar que los negros son seres inferiores ha permitido a los blancos sentirse superiores a ellos y explotarles durante siglos. De manera que el prejuicio es ciego, en efecto, pero también egoísta, depredador y a menudo homicida. Y somos tan responsables de nuestras reflexiones conscientes como de esas zonas oscuras de pereza mental.

Uno de los casos más espectaculares y conmovedores de prejuicio que conozco es la terrible historia de Ignaz Semmelweis (1818-1865), un ginecólogo húngaro maravilloso. A los veintiocho años, Ignaz fue nombrado ayudante de la primera clínica ginecológica de Viena. En aquel entonces se había puesto de moda que las mujeres parieran en los hospitales. Al mismo tiempo, coincidencia curiosa, se había desatado en todo el mundo una atroz epidemia que acababa con la vida de miles de parturientas: la fiebre puerperal, una infección generalizada que se declaraba tras el parto y que mataba a la mujer en pocas semanas entre terribles sufrimientos.

Nadie sabía la causa de la fiebre, y ningún médico parecía tener en cuenta que atacaba sobre todo a quienes parían en los hospitales. Las cifras eran espantosas: por ejemplo, de los dos pabellones de parto que había en el hospital de Viena, el dirigido por el doctor Klein, que era donde trabajaba Ignaz, registró una media de un 33% de muertes en 1842. Y hubo momentos peores: en los primeros meses de 1846 se alcanzó un 96% de fallecimientos.

Semmelweis, horrorizado ante la matanza, empezó a pensar, a analizar. El pabellón de Klein duplicaba las bajas del otro pabellón e Ignaz descubrió que la única diferencia era que en el primero hacían prácticas los estudiantes que venían directamente de realizar autopsias, y que metían sus manos en los vientres de las mujeres sin haberse lavado previamente.

Semmelweis ordenó que estudiantes y médicos se limpiaran las manos con agua clorada antes de tocar a las parturientas, y la mortalidad descendió al 0,23%. El entusiasmado Ignaz incluso intentó obligar a lavarse a su propio jefe, y Klein, enfurecido, echó del hospital al joven médico.

Sin trabajo, Ignaz continuó sus investigaciones. Un amigo suyo se cortó con el escalpelo durante una autopsia, y murió con los mismos síntomas de la fiebre puerperal, esto es, con los síntomas de la septicemia. Esto convenció aún más a Semmelweis de que la fiebre era causada por las manos contaminadas de los médicos y el hombre se lanzó a una afanosa campaña, intentando convencer a sus colegas de la sencilla obviedad de su descubrimiento.

Su irrebatible verdad, sin embargo, chocó frontalmente contra el cómodo y egocéntrico prejuicio de los ginecólogos: ¿cómo iban a ser ellos, los santones de la ciencia y la salud, los grandes varones sabelotodo, los causantes de la enorme mortandad? Las sociedades médicas de Amsterdam, Berlín, Londres y Edimburgo condenaron sus aberrantes teorías. Ignaz fue expulsado del colegio médico y en 1849 las autoridades le ordenaron abandonar Viena.

A partir de entonces fue un paria, un apestado. Atacado por todos y desesperado por la certidumbre de lo que sabía, por esa verdad indiscutible y tan sencilla que hubiera podido ahorrar cientos de miles de vidas, fue perdiendo los nervios poco a poco. En 1856, acorralado y horrorizado, publicó una carta abierta a todos los profesores de obstetricia: "¡Asesinos!...". Tenía razón: sus colegas se comportaban como verdaderos criminales.

Semmelweis tenía la razón, sí, pero no el poder, y los poderosos de su tiempo decretaron que estaba loco y le encerraron en un psiquiátrico. En 1865, durante una salida del manicomio, Ignaz hundió un escalpelo en un cadáver putrefacto y luego se hirió a sí mismo. Tres semanas después moría con los síntomas de las parturientas.

Fue un último y desesperado intento para convencer a los ginecólogos, pero su sacrificio no sirvió de nada: tuvieron que pasar cincuenta años hasta que la clase médica aceptara sus elementales conceptos de higiene.

Y, mientras tanto, las embarazadas siguieron acudiendo como corderos a parir, y a morir, a los hospitales de todo el mundo. A fin de cuentas no eran más que unas pobres mujeres, y sus vidas eran una menudencia en comparación con la dignidad de los grandes doctores. Digo yo si también será por eso, por restos de los viejos prejuicios, por lo que hoy apenas se habla de Semmelweis. No me digan que no resulta extraño que hoy nadie recuerde a ese gran hombre, mártir de la razón, de la compasión y de la verdad.

 

March 20

La Cenicienta que no quería comer perdices


Texto de Nuria López Salamero e ilustración de Myriam Camero Sierra.


La Cenicienta que no quería comer perdices